Hollywood
lleva bastante tiempo sumergido en una ciénaga
creativa tan profunda como desasosegante, en la
que la falta de ideas es la nota dominante salvo
honrosas excepciones. Sin embargo, la estancada
fábrica de sueños mantiene intacta
su espectacular capacidad para generar ídolos
teen, una nueva generación de chavales acostumbrados
a enamorar a las cámaras y a las legiones
de fans que les siguen desde que son tan sólo
unos niños. Y a la cabeza de la muchachada
de oro encontramos a Zac Efron, fenómeno
que, a pesar de no llevar ni tan siquiera un lustro
en el candelero, tiene ya a su disposición
títulos a mayor gloria de sí mismo
como este que ahora llega a nuestras pantallas.
Mike
O´Donnell (Matthew Perry) no está en
su mejor momento vital. A la espera de finiquitar
su divorcio con Scarlett (Leslie Mann), a la espera
de un ascenso que nunca llega, a la espera de su
oportunidad. Vive anclado en el pasado, en el recuerdo
del momento en el que era el más popular
del instituto, capitán del equipo de baloncesto
(los Warriors, no los Wildcats, a pesar de lo que
pudiera parecer en el prólogo) y una verdadera
promesa con un gran futuro por delante. Al borde
de la depresión, despierta una mañana
y vuelve a tener el mismo aspecto que tenía
en el instituto, cuando lucía los agraciados
rasgos de Zac Efron. Una ocasión para remediar
errores del pasado… “17 otra vez”
aparece como una curiosa mixtura entre la propuesta
destinada a atraer a las masas púberes a
las salas, rendidas ante los encantos del tótem
protagonista, y el cine pensado como una sucesión
de guiños a quienes vivieron todo el esplendor
de determinado espectro de la comedia de los años
80, aquel que elevó a los altares de la popularidad
-fugaz, en no pocos casos- a nombres tan recordados
como los de Michael J. Fox, Kirk Cameron, Jason
Bateman, C. Thomas Howell o Matthew Broderick. Pero
jugar a dos bandas con la vista puesta en la taquilla
no es tan fácil como parece.
Hortera
y forzada, la cinta avanza repleta de subtextos
que abogan nuevamente por el estúpido y prepotente
machismo de cierta clase media americana, impregnando
todo de un ridículo humor blanco en el que
los tópicos se rinden ante un discurso en
el que Efron, joven por fuera y maduro por dentro,
tratará de ayudar a su vástago (Sterling
Knight) a que consiga a la chica de sus sueños,
mientras pretenderá evitar a toda costa que
su hija (Michelle Trachtenberg) se rinda a los placeres
de la carne con un compañero de clase de
disparadas hormonas. Apología del onanismo
social indirecto, la trama busca entroncar con un
palco más experimentado en la figura de Ned
(Thomas Lennon), sublimación del freak imposible
desarmantemente honesto en sus pretensiones pero
irritantemente artificial en su interpretación
y presentación como personaje, de suerte
que su Ned Gold se desdibuja como un triste recuerdo
del tremendo Jon Lovitz de “Los calientabanquillos”,
bicho raro de semejante calado pero perfectamente
situado en un contexto abiertamente cómico
en absoluto romántico o multidisciplinar.
Más allá de incongruencias y absurdos
varios, cabe resaltar la animal -y avispadamente
pretendida- funcionalidad de las escenas que Efron
comparte con Leslie Mann, secuencias que destilan
una peligrosa atracción obligadamente contenida
pero innegablemente palpable, así como determinados
accesos de comicidad efectiva que logran esbozar
en la platea una cómplice sonrisa. En definitiva:
Zac suma y sigue.