“El
código Da Vinci” se convirtió
en 2006 una de las películas más exitosas
de los últimos tiempos. También se
colocó entre los puestos de honor del listado
de estrenos más absurdamente polémicos
del cine reciente, por las ampollas levantadas en
la iglesia católica ante lo supuestamente
peligroso de una propuesta que cometía la
imprudencia de poner en duda -desde la ficción
más pasajera- los dictámenes del instrumento
de Dios en la Tierra. Sea como sea, la descomunal
recaudación que acompañó a
aquella artísticamente pobre propuesta no
podía sino sentar las bases de una secuela
que más que probablemente repetirá
los triunfos de su predecesora en la taquilla internacional.
Lo realmente chocante es que las iras del Vaticano
se han desatado nuevamente, en una serie de virulentos
ataques que no hacen sino subrayar lo desquiciado
del momento histórico que nos ha tocado vivir.
El
Papa ha muerto. Toca elegir uno nuevo. Pero mientras
los cardenales se encuentran reunidos y los creyentes
del mundo entero fijan su mirada en la chimenea
de San Pedro, expectantes ante el color del humo
que determinará si su nuevo líder
espiritual ha sido elegido, los temibles Illuminati
operan en la sombra para cambiar el curso de la
Historia mediante la utilización de una bomba
de antimateria. Es hora de recurrir de nuevo a Robert
Langdon (Tom Hanks), personaje ya convertido por
méritos propios en un auténtico Xander
Cage de biblioteca. “Ángeles y demonios”
muestra, una vez más, la peor cara de Hollywood.
La acomodaticia, la que a golpe de talonario exhibe
un poder destinado a reventar las salas atestadas
de un público deseoso de diversión
sin que parezca merecer la más mínima
consideración por parte de las majors que
auspician proyectos millonarios tan ridículos
y faltos de criterio como este. Porque nos encontramos
ante una retahíla de incoherencias que convierten
a su ya de por sí triste predecesora en un
dechado de virtudes intelectuales; comenzando por
el hecho de que Langdon (estático y conformista
Hanks) es una autoridad mundial en interpretación
de símbolos cuando ni siquiera entiende el
latín, el argumento, cogido con hilos de
principio a fin, navega en un mar de inconsistencias
que se suceden sin dar respiro a un palco que no
sabe a qué atenerse a la hora de valorar
las motivaciones -si es que existe alguna más
allá de llenarse los bolsillos- de los responsables
de tamaño despropósito.
El
Ron Howard que todos conocemos -no el de las excepciones
que le halagan de cara a la galería- firma
con pomposo orgullo un armatoste que busca divertir
con ínfulas mesiánicas, cuando en
realidad nos encontramos ante un producto que ofrece
tanta credibilidad a nivel docente como las aburridas
e inconsistentes andanzas del bueno de Ben Gates.
Sin alardes técnicos reseñables -más
allá de la manida y facilona sucesión
de planos envolventes que rodean al elenco principal
de manera continuada-, sin atmósfera, sin
atractivo, sin nada de nada, la historia avanza
dividida en toscos bloques rítmicos predecibles
y carentes de consistencia adornados por infinitas
y aburridas peroratas que nos adoctrinan con fervor,
todo ello encaminado hacia uno de los clímax
más chocantes y ridículos que se recuerdan
-el giro de los últimos diez minutos es tan
tremendo como psicotrónico- que no busca
a la postre sino aunar de manera servil y políticamente
correcta ciencia y religión, enemigos forzosos
por cuestiones que escapan a las tranquilas existencias
del ciudadano de a pie ceñidas a disputas
basadas en intolerancias varias, principalmente
de parte de la segunda; para que quede constancia,
ahí tenemos el speech ante el cónclave
de Patrick McKenna (súper Camarlengo interpretado
por un Ewan McGregor cada vez más apartado
de sus prometedores inicios), tan conciliador como
metido con calzador. Aquí paz y después
gloria.