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Angeles y Demonios

Dirección: Ron Howard.
Protagonistas: Tom Hanks (Robert Langdon), Ewan McGregor, Ayelet Zurer (Vittoria Vetra), Stellan Skarsgård, Pierfrancesco Favinol.
Guión: David Koepp y Akiva Goldsman; basado en la novela de Dan Brown.
Música: Hans Zimmer.
Año: 2009.

 

“El código Da Vinci” se convirtió en 2006 una de las películas más exitosas de los últimos tiempos. También se colocó entre los puestos de honor del listado de estrenos más absurdamente polémicos del cine reciente, por las ampollas levantadas en la iglesia católica ante lo supuestamente peligroso de una propuesta que cometía la imprudencia de poner en duda -desde la ficción más pasajera- los dictámenes del instrumento de Dios en la Tierra. Sea como sea, la descomunal recaudación que acompañó a aquella artísticamente pobre propuesta no podía sino sentar las bases de una secuela que más que probablemente repetirá los triunfos de su predecesora en la taquilla internacional. Lo realmente chocante es que las iras del Vaticano se han desatado nuevamente, en una serie de virulentos ataques que no hacen sino subrayar lo desquiciado del momento histórico que nos ha tocado vivir.

El Papa ha muerto. Toca elegir uno nuevo. Pero mientras los cardenales se encuentran reunidos y los creyentes del mundo entero fijan su mirada en la chimenea de San Pedro, expectantes ante el color del humo que determinará si su nuevo líder espiritual ha sido elegido, los temibles Illuminati operan en la sombra para cambiar el curso de la Historia mediante la utilización de una bomba de antimateria. Es hora de recurrir de nuevo a Robert Langdon (Tom Hanks), personaje ya convertido por méritos propios en un auténtico Xander Cage de biblioteca. “Ángeles y demonios” muestra, una vez más, la peor cara de Hollywood. La acomodaticia, la que a golpe de talonario exhibe un poder destinado a reventar las salas atestadas de un público deseoso de diversión sin que parezca merecer la más mínima consideración por parte de las majors que auspician proyectos millonarios tan ridículos y faltos de criterio como este. Porque nos encontramos ante una retahíla de incoherencias que convierten a su ya de por sí triste predecesora en un dechado de virtudes intelectuales; comenzando por el hecho de que Langdon (estático y conformista Hanks) es una autoridad mundial en interpretación de símbolos cuando ni siquiera entiende el latín, el argumento, cogido con hilos de principio a fin, navega en un mar de inconsistencias que se suceden sin dar respiro a un palco que no sabe a qué atenerse a la hora de valorar las motivaciones -si es que existe alguna más allá de llenarse los bolsillos- de los responsables de tamaño despropósito.

El Ron Howard que todos conocemos -no el de las excepciones que le halagan de cara a la galería- firma con pomposo orgullo un armatoste que busca divertir con ínfulas mesiánicas, cuando en realidad nos encontramos ante un producto que ofrece tanta credibilidad a nivel docente como las aburridas e inconsistentes andanzas del bueno de Ben Gates. Sin alardes técnicos reseñables -más allá de la manida y facilona sucesión de planos envolventes que rodean al elenco principal de manera continuada-, sin atmósfera, sin atractivo, sin nada de nada, la historia avanza dividida en toscos bloques rítmicos predecibles y carentes de consistencia adornados por infinitas y aburridas peroratas que nos adoctrinan con fervor, todo ello encaminado hacia uno de los clímax más chocantes y ridículos que se recuerdan -el giro de los últimos diez minutos es tan tremendo como psicotrónico- que no busca a la postre sino aunar de manera servil y políticamente correcta ciencia y religión, enemigos forzosos por cuestiones que escapan a las tranquilas existencias del ciudadano de a pie ceñidas a disputas basadas en intolerancias varias, principalmente de parte de la segunda; para que quede constancia, ahí tenemos el speech ante el cónclave de Patrick McKenna (súper Camarlengo interpretado por un Ewan McGregor cada vez más apartado de sus prometedores inicios), tan conciliador como metido con calzador. Aquí paz y después gloria.

 

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